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Soy Meli Durán

Con luz propia

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La vida esta llena de momentos fascinantes pero no hay forma de evitar que el dolor llegue en algunos otros. Lo he intentado, se los aseguro, es imposible…

En más de una ocasión, cuando identifico que la tristeza embarga mi corazón también me doy cuenta que me siento mucho peor por permitirme estar así. Es como si tuviera la obligación de ser fuerte e invencible  el 100% del tiempo.

Como si no fuera suficiente la montaña rusa de emociones que, ya de por sí, por ser mujeres llevamos dentro, nos convertimos en nuestras propias villanas al no permitirnos “sentir plenamente” esos momentos oscuros que parecen interminables.

¡Soy fuerte! Me repito antes de salir a enfrentar la vida.

“Eso no es nada, hay cosas peores”, pienso mientras intento desacreditar lo que siento.
Resulta a veces, pero luego reconozco que no estoy siendo justa conmigo ¿Se vale estar triste? Sí, claro que se vale.

La tristeza es parte de lo que nos hace seres humanos, seres sensibles, mujeres apasionadas y empáticas.

Por eso hoy, hoy me permito estar triste.

Me lo debo. Lo necesito.

No será por mucho tiempo, las mujeres sabemos reinventarnos de formas increíbles. Pero por ahora, sentiré con intensidad cada una de mis emociones. No les permitiré dominarme pero me dejaré ser.
Solo por hoy…



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No es tarde, tranquila.

Cada una tiene su propio tiempo. No es ni antes ni después.

Que sean otros los que vivan bajo la presión de cumplir con los requisitos sociales.
Usted no, mi amiga, usted tendrá su momento perfecto.

Aún no es demasiado tarde para enamorarse. No hay edad para amar. Tampoco lo es para intentarlo una segunda o tercera vez. No se rinda.

No es tarde para empezar una nueva carrera, aprender un nuevo idioma o emprender su propio negocio.

No le pongamos edad al matrimonio, que llegue cuando tenga que llegar.

No fue anticipado el bebé que tuvo a los 20. Sí, quizás no estaba lista, pero a los 30 el mismo temor hubiese acompañado la noticia. Ahora tiene la oportunidad de disfrutar el ser madre por más tiempo que cualquier otra.

Por otro lado, si supera las tres décadas y ese deseo de ser madre crece cada día, está en un buen momento para alcanzar ese sueño. Cuenta con la madurez, experiencia y sabiduría para afrontar ese reto que le recompensará cada vez que la llame “mamá”.


No es ni antes ni después. Cada una tiene su instante perfecto.

No es tarde, no se preocupe. Viva cada instante porque cada momento es único y nunca volverá. Aún tiene toda una vida por delante para disfrutar, sufrir, llorar y sonreír.

El fracaso y el éxito no se fijan en su edad. Los malos tiempos aparecerán en su vida y luego se irán para dar lugar a los mejores. No se trata de la cantidad de candelas que apague en cada cumpleaños, dependerá del valor que tenga para continuar, creyendo que lo mejor siempre está por delante.
Todas somos distintas, con metas y sueños diferentes, entonces ¿Por qué someternos a esa línea de tiempo que nos imponen para lograr lo que queremos?

Usted viva a su tiempo y sea feliz con eso. La preocupación no acelerará su propio proceso pero la ansiedad sí la llevará a cometer muchos errores.

Permítase vivir y tener su propio reloj. Usted lo merece.

No se compare. El mundo es suficientemente grande y nos permitirá a todas cumplir nuestros sueños.

No es una competencia. Es su vida.

Por eso, no es ni antes ni después. Las cosas sucederán cuando tengan que ocurrir.

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Estaba a 5 mil pies de altura, no era el mejor momento para calcular cuánto realmente significaba eso, solo veía que los enormes árboles de hace un instante ahora se veían diminutos.

Había subido a esa avioneta con muchísima confianza, como si se tratara de realizar una entrevista más. La misión era clara: saltar en paracaídas, completamente sola y realizar un reportaje para el noticiero.

Cuando me dijeron que era el momento de colocarme “en posición”, tuve todo el deseo de salir, de una vez por todas, de este compromiso que ya la verdad no me sonaba tan atractivo. Pero aunque mi intención era levantarme del suelo de aquella avioneta, lo cierto es que mis piernas no reaccionaron. Por primera vez experimenté el que mis extremidades no recibieran la señal de mi cerebro que decía: “Es el momento, arriba, reaccionen, hay que saltar”.

Fue entonces cuando me di cuenta que aunque yo quería ignorarlo, mi cuerpo si estaba consciente de la locura que iba a cometer. Ni siquiera me había montado en una avioneta alguna vez en la vida y ahora estaba ahí, con la puerta abierta para saltar al vacío. Fue uno de los instantes en donde escuché, claramente, al miedo hablarme al oído.

Su voz es perturbadora y sentí su aliento cerca de mi cuello, sus palabras pintaban el panorama más oscuro y se resumían en un “NO PUEDES”. Palabras que repetí varias veces, en el instante antes de saltar. Es decir, si hubiese sido un salto mortal mis últimas palabras antes de morir y que posiblemente adornasen mi lapida serían “NO PUEDO”, un mensaje nada inspirador.

Lo hice, no le voy a decir que salté porque sinceramente aunque lo intenté, mis piernas seguían paralizadas. Solo me deje caer al vacío. No espere que le diga que de pronto una luz me ilumino y me lleno de valor. Nooo, eso no existió ni por un instante. Lo hice, pero lo hice con muchísimo miedo.




Segundos antes de saltar lo único que pensé fue que ya estaba ahí, que había aceptado el reto, que abajo ya estaban colocadas unas cuatro cámaras para grabar cada movimiento y que no podía decepcionarlos. Tampoco fue un pensamiento motivador pero sin duda me llevo al límite y luego a la acción. Lo hice con miedo.

Una vez que la avioneta se alejara y me encontrara sola como flotando en el aire, supe que había valido la pena. El paisaje y la tranquilidad que respiraba eran incomparables. Había creado un momento único y trataba de asimilar cada sensación y fotografiar mentalmente aquello que veía para nunca olvidarlo. Si hubiese dejado que el miedo me venciera me hubiese privado de una de las mejores experiencias en mi vida.

Pero ahí no acababa todo, solo se ponía más complicado.

De pronto, me di cuenta que lo que seguía era igual o más difícil que lo que ya había superado. Tenía que iniciar el plan de aterrizaje y como suele suceder, en un momento como ese, todas las instrucciones se olvidan. Lo que sí recordaba, para mal, era que debía caer haciendo una vuelta canela para evitar lesiones. ¿Es en serio? Podía seguir viva tras saltar de una avioneta a 5 mil pies de altura pero morir desnucada al intentar hacer una vuelta canela. Nunca pude hacer una bendita vuelta de esas y era uno de mis mayores temores de niña.

Todo esto, para concluir en lo más importante. Si hay un reto frente a usted, conquístelo, hágalo suyo. No espere a que el miedo desaparezca, hágalo con miedo si es necesario, pero hágalo. Quizás pueda descubrir un paisaje maravilloso del que se privaría si no arriesga. Las mejores cosas y los mejores momentos, están al atravesar la línea del temor.

No pronuncie un “No puedo” que sí que puede. No hay límites para usted, solo los que ponga en su cabeza y en su boca.

Puede que se lleve algunos golpes al intentarlo pero sobrevivirá.

En mi caso, al evitar la vuelta canela pude caer de pie pero me gané una lesión en la rodilla que me llevo meses de terapia para recuperarme. Una secuela que me generaba dolor de vez en cuando pero que también me recordaba ese momento en el que fui valiente y conquiste el miedo.

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• Forzar personas o situaciones que no fueron diseñadas para nosotros solo nos hará mucho daño.

Mientras trataba de probarme aquel hermoso vestido que me llenaba de tanta ilusión, pedí un poco de ayuda para el cierre de atrás. Unas tres dependientes se acercaron a ayudarme, entre ellas se miraban sin percatarse que yo las veía por el reflejo del espejo que tenía en frente.

-“No me cierra, ¿verdad?”, les dije.

-“Está un poco ajustado, quizás con un pequeño arreglo funcione”, me dijo una de ellas con tono amable.

-“Si bajas unos 4 kilos te quedaría perfecto”, dijo con toda seguridad un joven que se acercó de inmediato.

Me voltee para memorizar ese rostro, mientras intentaba controlarme y no cometer una imprudencia.

– “La verdad es que solo si me quito las costillas, este vestido lograría cerrar”, le dije mientras le clavaba una mirada enfurecida. “Yo no tengo que bajar de peso para poder meterme en un vestido ¿Qué estás pensando? Yo no me acomodare nunca a un vestido, el vestido se acomodará a mí. Es sencillo, esta no es mi talla”, agregué.

Efectivamente, en cuanto me trajeron un número más, aquel vestido se adaptó perfectamente a mi silueta. El error no estaba en mi peso sino en la selección del tamaño de aquel vestido que, sin duda, no era para mí.

¿Cuántas veces forzamos situaciones que no están destinadas a ser? Peor aún ¿Cuánto sacrificamos para que personas se queden en nuestra vida cuando no fueron diseñadas para nosotros?

No recuerdo el número de ocasiones en que estuve metida en una situación que desde el inicio sabía que no iba a resultar bien y después parecía imposible salir de ahí. De la misma forma, inicie relaciones de amor o amistad con personas que no calzaban en mi corazón y el insistir solo me hacía mucho daño.

En el instante en que ese vestido se resistió a cerrar, tuve dos opciones. Una de ellas era aceptar la recomendación del tipo ese (que aún me enoja con solo recordarlo) y morirme de hambre un mes completo para saciar un capricho o darme mi lugar, pensar un momento cuales eran los posibles panoramas y elegir el que me beneficiaba: necesitaba otra talla.

Seamos sinceros. Sé que cuando esta metáfora se aplica a otros aspectos de la vida ya no es tan simple como probarse otro vestido. Lo que sí es seguro es que en cada uno de los casos se requiere:

1. Decidir cuales voces escuchar. Las opciones varían entre las que llevan una dosis de veneno de parte de gente externa, las palabras de alguien que sabes que realmente quiere lo mejor para vos o la vocecita que desde adentro no se cansa de llamar la atención.

2. Tomar decisiones. Una vez que crees saber qué es lo mejor, entonces se requiere de mucho valor para tomar decisiones. Muchas veces eso se traduce en renunciar a algo y retomar un nuevo camino.

3. Mantenerse y respetar esa decisión. Este es, quizás, el paso más difícil pero es necesario para que todo adquiera sentido.

No se desespere. Algunas veces esa otra “talla de vestido” no estará disponible y tendrás que esperar con paciencia para conseguirlo. Lo que puedo asegurar es que esa espera valdrá la pena y se ahorrará muchos días difíciles.

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Siempre planifiqué mi vida en torno a los 20s. Me propuse y me exigí cumplir muchas de las metas mientras tuviera veintitantos, constantemente, me repetía: “Eso debo hacerlo antes de los 30”.

Veía ese tercer piso lejano y amenazador, ese destino que estaba allá esperando a que me acercara, tan solo un poco, para comerme viva. Tenía que alcanzar mi licenciatura mucho antes porque después no tendría las mismas fuerzas para hacerlo, lograr la mayor experiencia laboral y “quemar fiebre” porque después, quizás después no podría.

Ni que decir de comer todas las hamburguesas del mundo porque luego el metabolismo me traicionaría y al mismo tiempo ponerme en forma porque luego sería demasiado tarde.

Lo cierto es que un mes me separa de ese cumpleaños número 30 y por alguna razón no me asusta.

De pronto, me da más temor ver hacia atrás y saber que llevo 10 años de mi vida sin detenerme un segundo. He elegido trabajos demandantes, he llegado sin fuerzas al final del día, no he salido a ejercitarme lo suficiente, no he disfrutado lo suficiente, no he leído lo suficiente, no he hecho lo que he querido lo suficiente, ni siquiera, he aprendido a nadar lo suficiente. Sí, a los casi 30.

A veces es tanta la información que digiero en el día que puedo olvidar hasta las cosas más sencillas, pero no por eso, menos importantes. ¿De qué estaba hablando?, ¿en qué quedamos?, ¿qué era lo que iba a buscar?, ¿qué hice ayer??? ¿por qué tendría que recordar lo que hice ayer?

Es entonces cuando percibo que mi cumpleaños se aproxima con una nueva perspectiva de mi vida.
No es que al subir al tercer piso todo sea más difícil, es que lo que he elegido a los 20s me pasan factura ahora. Y sí, es cierto que la báscula ya no es tan benevolente con uno y que prefiero mil veces quedarme en la casa, metida en la cama con unas medias de franela que salir de fiesta. Pero también es cierto que, en lo profundo de mi alma, me siento mejor que nunca.

No es tarde. Aún puedo tomar decisiones importantes que cambien, radicalmente, el rumbo de mi vida. Todavía me embarga la emoción de estudiar otra carrera, la de aprender a cocinar y la de emprender cualquier cosa. Estoy segura que la nueva década que llega a mi vida traerá múltiples cosas buenas y que la que dejo atrás, ha hecho que hoy sea quien soy.

Así que, si sos de las que tienen más de treinta y disfrutan la vida al máximo sin temer a nada, podes estar segura que quiero ser como vos. Y si, por otro lado, sos de las veinteañeras que se quieren comer el mundo, entonces cómaselo, pero sobretodo, disfrute, viva el proceso y no se afane, porque la vida pasa y nunca, nunca será demasiado tarde para empezar de nuevo.

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Sí, se trata de una historia de amor pero no de las comunes ni tradicionales.
Es una relación complicada, que nació para ser eterna.

Un enlace indivisible pero frágil, tan frágil que cede con facilidad.

Es la historia de amor entre vos y tú alma, entre vos y tu esencia.

Hace unos días, una joven me escribía porque estaba desesperada y necesitaba que alguien le dijera que hacer. En realidad estoy segura que ella lo sabía pero no tenía el valor de tomar decisiones.

Leí su historia. No era diferente a la de muchas otras mujeres, no era diferente a lo que viven algunas de mis amigas, no era diferente a lo que yo pude haber vivido alguna vez y fue, precisamente, lo habitual de los hechos lo que realmente llegó a mi corazón.

Aseguraba estar enamorada. Nunca había conocido a alguien que la hiciera sentir de esa manera. Él la hacía reír y ella amaba ese “sentimiento romántico” que le generaba el creer que alguien antes de domir, pensaba en ella.

Esa introducción al relato parecía conmovedora pero conforme iba avanzando, evidenció que la situación era otra.

Lo cierto es que su “novio” en realidad era el “novio” de alguien más. Que pasaban hasta dos semanas sin que ni siquiera la llamara o le escribiera; él le decía que no estaba dispuesto a hacer nada por ella pero tampoco perdonaría el hecho de querer dejarlo.

Mientras llegaban los mensajes, sabía que lo que yo quería decir no era lo que ella quería escuchar y que al final, todo dependía de que esta joven de 24 años se volviera a enamorar. Sí, se volviera a enamorar, pero de ella misma.

Como mujeres, muchas veces, olvidamos que todo lo que necesitamos está dentro de nosotras, que es descubriendo nuestra alma donde alcanzamos la plenitud y que al final, nadie nos puede hacer daño si no lo permitimos.

Me molesta pensar que entregamos lo mejor de nosotras a quien no lo merece y a quien ni siquiera lo ha pedido.

¿Cuándo nos dejamos de querer?

He visto a mis  amigas conformarse con muy poco, con tal de estar cerca de esa persona que ahuyenta su soledad, aunque tampoco lo amen.
Las he escuchado decir: “Quizás sí utilizo un vestido hermoso, él al fin verá en mí lo que aún no ha visto”
¿En serio? ¿Estas segura que esa persona que ha tenido tiempo para notar lo maravillosa que sos, lo haga solo si utilizas un vestido nuevo? No, nos engañemos.

¿Cuándo te dejaste de querer?

Te dejaste de querer cuando aceptaste estar en una relación donde eran tres, en lugar de dos.
Lo hiciste cuando te obligaste a llamar la atención de alguien que te había demostrado, de forma cruel,  no tener ningún interés.

También cuando te permitiste llorar tres semanas seguidas por una persona que no valía la pena y estabas consciente de ello.

Te fallaste cuando anulaste tu dignidad, cuando te conformaste con menos, cuando aceptaste comentarios hirientes  y los justificaste.

Cuando te aferraste a alguien que no te amaba.

Lastimaste tu corazón cuando sacrificaste la paz y la felicidad por alguien que no estaría dispuesto a hacer lo mismo por vos.

Pero sobre todo, te dejaste de querer cuando te negaste a reconquistarte y mejorar la relación con vos misma.

No aceptes menos atención, menos amor y menos respeto del que sabes que mereces.
No pretendas tener éxito en una relación si aún hay deudas pendientes con la persona más importante, que sos vos.

Todas tenemos el derecho de soñar con el tipo de hombre que anhelamos a nuestro lado y ellos, ellos también merecen a una mujer que ame su propia alma.

Volvámonos a querer.

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Una amiga aplicó a una beca y fue la mejor. La seleccionaron.
Su sonrisa se apagó por un momento cuando alguien cercano aseguró que la obtuvo por lástima. ¿Qué tal?
Una colega trabaja hasta 14 horas al día porque realmente ama lo que hace, obtiene exclusivas y sobresale. Su público se lo reconoce constantemente.
Sus compañeras aseguran que su éxito es porque, de seguro, es la amante del jefe.
Si es bonita, es tonta. No es posible ambas al mismo tiempo. Doble puntaje si es rubia.
Ascendió de puesto. Claro, es de la argolla.
Si habla mucho, quiere llamar la atención. Si es seria, es una pesada. Si no es ni lo uno ni lo otro, entonces no tiene personalidad.
¿Lo has escuchado alguna vez?
Estoy segura que sí.
Comentarios vacíos pero hirientes que paralizan a quien los recibe pero amargan aún más a quién los pronuncia o escribe.
Toma algunos años obtener la habilidad para que la crítica te deje de importar pero solo es necesario tomar una decisión para dejar de afectar, negativamente, a otros con nuestras acusaciones.
Crecemos con un montón de limitaciones impuestas por nosotras mismas, solo por lo que dijo alguien más, pero si, al final somos nosotras las que nos limitamos y por ende, las responsables de no lograr lo que soñamos. Nos bajamos el piso solitas. Renunciamos a las metas solo para no ser criticadas.
Y ¿si lo intentas?
Iban a ser las 12 de la noche. Estaba cansada, después de casi dos meses de mantenerme despierta hasta tarde, tratando de avanzar en uno de mis proyectos pendientes.
Tenía algunos días, bueno, años quizás, con una espinita en el interior que cuando venía a mi mente, me inquietaba. No era una prioridad, por supuesto, tampoco pasaba nada sino lo hacía, pero esa noche, el sentimiento tomó fuerza.
Así que rebusqué entre documentos viejos en mi computadora, hasta encontrar un texto del cual no estaba satisfecha del todo. Creo que prácticamente lo reescribí, ya que quería decir muchas cosas más. Alguna vez se lo mostré a un par de colegas, con la mayor pena de la vida por el qué iban a pensar. Para mi sorpresa ambos dijeron: ¡Tienes que compartirlo!
Por supuesto que no les hice caso ¿Qué iba a pensar la gente?
¿Te has hecho esa pregunta? ¿Te ha preocupado lo qué piensan los demás?
Con cuatro meses lejos de la televisión, sentí que no pasaría nada si lo hacía. Al final, ¿quién lo iba a leer? Algunos amigos, así, por pura curiosidad. Ya no estaba expuesta y lo hice. Lo intenté.
¿Qué pasó después?
Paso lo que esperaba.
Llegaron las críticas de personas cuyos nombres no recuerdo porque no conozco y por supuesto, ellos tampoco me conocen.
Pero también, esa noche mi celular no paró de sonar.
Llegaban cientos de mensajes de personas que me decían: ¡Gracias! ¡Me identifiqué! ¡Me dibujaste una sonrisa! ¡Me llenaste de valor! Y hasta ¡Me diste la fuerza para tomar decisiones y dejar esta relación en la que soy maltratada! Y mi favorita: ¡Por favor, nunca dejes de escribir! Simplemente, no lo podía creer.
Tuve momentos de duda, es cierto, sobre si la decisión de compartir mi texto  fue la correcta.
Inmediatamente, llegaban nuevas palabras  de personas que aseguraban que ese día lloraron de felicidad al dejar de sentirse solos, otros sonrieron porque algo lleno su corazón ¿Pueden imaginarlo? Yo no.
Las 95 mil visitas al blog llegaron solo en ocho días.
¡95 MIL!
Unas 12 mil personas al día,  tomaron de su tiempo para prestar atención a mis palabras. Todo porque lo intenté…
Ese texto que había postergado por tanto tiempo. El mismo que no me atrevía a compartir…
¿Entienden lo que les quiero decir?
No es mi intención presumir de nada. La difusión del blog se dio gracias a quienes lo compartieron, a quienes lo recomendaron, a quienes también lo intentaron, levantaron su voz y aceptaron públicamente en redes sociales: ¡Yo tampoco le tengo miedo a la soltería! ¡Yo la disfruto!
 ¿Cuántos proyectos has postergado?
¿Sabes que quizás también estas retrasando el influir positivamente en alguien más? ¿No? Es probable que no lo sepas, yo no lo sabía, ni lo planee, ni lo espere, solo lo intenté.
No les puedo explicar lo que siente mi corazón. Ni una pizca de orgullo pero toneladas de agradecimiento.
Este no será un blog sobre mi vida personal, como algunos lo han descrito, este blog tiene como objetivo ser un espacio positivo, que motive, que mueva emociones, que te impulse a hacer algo…
¿Vos no estás cansado de abrir tu Facebook y encontrar tanto dolor reflejado en quejas, criticas, ataques infundados y violencia? Si, violencia. Esa es la forma correcta de describir el cómo se expresan tantas personas.
Yo si me cansé. Aunque no los señalo ni los culpo. Detrás de cada insulto en redes sociales hay una historia, un corazón lastimado, una persona vacía. Alguien que solo es capaz de hacerlo por ese medio porque teme dar la cara.
Nunca te limites a hacer algo por miedo a las críticas. Porque ¿Sabes qué? No te librarás de ellas. Llegarán, lo intentes o no hagas nada. No podrás evitarlas.
Y ¿si intentas hacer la diferencia? ¿Correr una milla extra? ¿Ir más allá y ser la protagonista de tu propia historia?
No tengas miedo. Créeme que sobrevivirás.
No importa si te critican. Te aseguro que nada se compara con atreverse a hacer lo que llena tu alma.
¿Qué proyectos tienes pendientes?
Ese primer paso podría estar lleno de éxito, sin saberlo.
Yo no sabía que mis palabras llegarían hasta vos y mucho menos que fueran de tu agrado.
Lo que escribí lo hice con la intención de que afectará positivamente a mi pequeño grupo de amigos. Pero fue mucho más allá y se me devolvió con creces. He llorado de emoción con sus mensajes, por su confianza, por su actitud y si tan solo una persona se sintió mejor el día que leyó lo que escribí, entonces cumplí mi misión.
No merecemos llegar a ningún destino si permanecemos criticándonos entre nosotras.
Quien acostumbra a ser cruel con los demás,  solo atrasa su propio éxito. La  persona seguirá trabajando para conseguir sus metas mientras que la otra invertirá su tiempo en hacerla caer, con altas probabilidades de nunca lograrlo.
Que la crítica no te detenga, ve e inténtalo…

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Con frecuencia las personas ponen la misma expresión en el rostro cuando les confieso que sigo soltera…

En mi interior, sonrío.

-¿Será que sos muy exigente? Es la siguiente pregunta que surge.

- Claro, soy exigente  ¿Por qué no iba a serlo?

Normalmente, ahí acaba la conversación. Esas preguntas del matrimonio y los hijos, nunca me las hacen, creo que la razón es obvia.

A mis 28 empiezo a notar o, más bien, a experimentar la percepción negativa que existe sobre la soltería y sobre quienes la disfrutamos. Sí, la disfrutamos.

Yo estoy soltera porque así lo he decidido. Es mi elección.

Tras unos 10 años de estar involucrada en relaciones de noviazgo, pocas pero varias, decidí estar sola.
No, no es drama ni nada de eso del corazón roto y la “Magdalena” que no supera el pasado. Todo lo contrario.

Estuve en algunas relaciones por rutina, por pasar el rato, por malas decisiones, por no estar sola y por tonta.

Después de mi última relación, elegí un cambio. Quizás me encontraba ya  en la edad suficiente para saber que algo estaba mal: tenía mucho miedo,  miedo a la soledad.

Entonces, en un acto de valentía, de esos de los que te sentís orgullosa todo el tiempo, decidí que iba a estar soltera por un año y antes de eso, no me iba a involucrar, emocionalmente, con nadie. Si alguien le teme a ese fantasma que parece tenebroso llamado soledad, no iba a ser yo. Lo enfrenté.
No paso un año, pasaron dos.

Si veo hacia atrás, creo que han sido los dos años de mayor crecimiento personal, profesional y espiritual.

He leído decenas de libros y al fin tuve tiempo para esa pasión por la lectura que me hace feliz, hasta descubrir que los protagonistas de esas historias son, realmente, encantadores y podía devorarme hasta tres libros en un solo fin de semana.

También supe lo que era ponerme un par de tenis y correr hasta la meta.

Descubrí  lo raro que te ven cuando vas al cine, a un concierto o simplemente a  cenar sola. Además, lo lindo que se siente al pensar: “Sí, yo disfruto de mi compañía. ¿Usted sería capaz?”
Aprendí que el tiempo a solas te acerca a Dios.

Conocí a muchas personas, algunas de ellas se convirtieron en mis favoritas. Entendí cómo se maneja el tiempo libre, hasta que me encontré diseñando y elaborando bisutería, cuando nunca lo había hecho, y vendí lo suficiente como para pagar la prima de mi carro nuevo. Nadie me regalo nada, lo hice con mis manos.

Pude aventurarme a nuevos retos profesionales, sin temor, segura de que al otro lado del miedo están mis anhelos hechos realidad.

Ya no me hacían falta las primeras citas. Además, hay que ser sinceros, ¡Que incómodas que son!
No significa que no podía lograr esas cosas estando con alguien, claro que sí. Dice un proverbio chino: “Si quieres llegar rápido ve solo; pero si quieres llegar lejos ve acompañado”, estoy segura de eso. Si estas en la relación correcta, avanzan juntos, pero ese no era mi caso.

Y claro, por supuesto, a veces extraño un “buenas noches” antes de dormir o un ¿Cómo estuvo el día?, un detalle, un “estoy pensando en vos”, pero cuando esas frases lleguen, les daré el valor que realmente tienen.

Cuando aparezca quien me motive a arriesgar de nuevo,  le diré entonces: “Te esperé. No en un castillo hasta que llegarás a salvarme.  Yo baje por mis medios y enfrenté  los dragones que más me asustaban hasta convertirme en una mejor persona, en lo que soy. No en una princesa pero si en una guerrera. Si algún día decides irte, podrás hacerlo, no tengo miedo a empezar de nuevo.  ¿Si te quedas? Si te quedas, prometo que nunca te arrepentirás”.

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Acerca de mí

¡Hola! Soy Melissa Durán - periodista y presentadora de tv- pero también mujer, madre y esposa.

Me encanta escribir y lo haré cada vez que pueda. Estoy segura que nos identificaremos en muchas de nuestras experiencias.

Bienvenidas a mi blog

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